Oda a la papa.

Sin la papa o patata, la cocina internacional no sería la misma. Ni tortilla de patatas, ni ñoquis, ni ‘fish and chips’, ni patatas fritas. La cocina de muchos países del centro y norte de Europa no se puede imaginar hoy en día sin las patatas. Un par de ejemplos: una de las palabras que se asocian a Holanda es ‘aardappel’, la mayoría conoce el ‘Rosti’ suizo y, según se dice, en Bélgica se inventaron las patatas fritas.

La cocina de Holanda se caracteriza por el gran consumo de pan y papas, como lo refleja Vincent van Gogh en Los comedores de papas.

En esta obra  hay una clara intención de denuncia social. La experiencia de van Gogh entre la población minera y su sensibilidad ante el sufrimiento ajeno le llevan a pintar este tema en varias ocasiones. Para mejor reflejar el sufrimiento y las penurias por las que pasan los personajes elige una paleta oscura, con tonos marrones y pardos.

En una carta a su hermano Theo, Vincent le escribe sobre este cuadro “He puesto mi mayor empeño en que al contemplar el cuadro se piense que esa gente bajo la lámpara, que come sus patatas, metiendo las manos en el plato, ha trabajado con esas manos en la tierra; mi cuadro exalta, pues, el trabajo manual y el alimento que ellos mismos se han ganado con toda honestidad (…) Pero el que prefiera ver aldeanos almibarados, allá él con sus pensamientos”.

Las patatas son tan famosas, hasta tal punto que el famoso poeta chileno, Pablo Neruda les dedicó un poema:

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Oda a la papa

Papa
te llamas
papa
y no patata,
no naciste castellana:
eres oscura
como
nuestra piel,
somos americanos,
papa,
somos indios.

Profunda
y suave eres,
pulpa pura, purísima
rosa blanca
enterrada,
floreces
allá adentro
en la tierra,
en tu lluviosa
tierra
originaria,
en las islas mojadas
de Chile tempestuoso,
en Chiloé marino,
en medio de la esmeralda que abre
su luz verde
sobre el austral océano.

Papa,
materia
dulce,
almendra
de la tierra,
la madre
allí
no tuvo
metal muerto,
allí en la oscura
suavidad de las islas
no dispuso
el cobre y sus volcanes
sumergidos,
ni la crueldad azul
del manganeso,
sino que son su mano,
como en un nido
en la humedad más suave,
colocó tus redomas,
y cuando
el trueno
de la guerra
negra,
España
inquisidora,
negra como águila de sepultura,
buscó el oro salvaje
en la matriz
quemante de la araucanía,
sus uñas
codiciosas
fueron exterminadas,
sus capitanes
muertos,
pero cuando a las piedras de Castilla
regresaron
los pobres capitanes derrotados
levantaron en las manos sangrientas
no una copa de oro,
sino la papa
de Chiloé marino.

Honrada eres
como
una mano
que trabaja en la tierra,
familiar
eres
como
una gallina,
compacta como un queso
que la tierra elabora
en sus ubres
nutricias,
enemiga del hambre,
en todas las naciones
se enterró su bandera
vencedora
y pronto allí,
en el frío o en la costa
quemada,
apareció
tu flor
anónima
enunciando la espesa
y suave
natalidad de tus raíces.

Universal delicia,
no esperabas
mi canto,
porque eres sorda
y ciega
y enterrada.
Apenas
si hablas en el infierno
del aceite
o cantas
en las freiduras
de los puertos,
cerca de las guitarras,
silenciosa,
harina de la noche
subterránea,
tesoro interminable
de los pueblos.

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