Mi transición en Holanda.

Mi transición en Holanda

Llegué a Holanda en pleno verano y con un sueño hecho realidad, con un sol radiante y muchas expectativas;  emprendí mi recorrido e inicié una nueva familia dejando  atrás la casa en  la que viví más de 25 años y  desprendiéndome de todo lo que en torno a ella sucedía.

Tras  meses de llegar a un país nuevo,  hoy me pregunto qué sentimientos se están transformando dentro de mí. Y es que en 12 horas de vuelo, (no recuerdo exactamente cuántas fueron) no se puede hacer borrón y cuenta nueva;  mucho menos  asimilar los cambios tan drásticos que implican el trasladarse a otro hábitat.

Llegué a Holanda en pleno verano y con un sueño hecho realidad, con un sol radiante y muchas expectativas;  emprendí mi recorrido e inicié una nueva familia dejando  atrás la casa en  la que viví más de 25 años y  desprendiéndome de todo lo que en torno a ella sucedía. Dejé atrás los sonidos, los olores, los sabores y las costumbres que durante ese tiempo me acompañaron, y llegué aquí  como un inmigrante más en la lista de personas que desembarcan en un país desconocido por una razón específica.   Mi motivo incuestionable, el amor.

  Pero… ¿En qué momento mi vida cambió tanto? ¿En qué momento dejé de ser parte activa de una sociedad? ¿Cómo le cambias el chip a tu cerebro en tan poco tiempo y vienes a una ciudad donde al salir a la calle lo único que quieres es que nadie te dirija la palabra? ¿Cómo es que  de ser una persona que trabaja, discute, comparte y analiza todas y cada una de las cosas que pasan a su alrededor  te   transformas en un analfabeta social sin poder entender por sí mismo, pidiendo explicaciones por todo y desorientada sin saber por dónde empezar? A veces rezo, buscando un consejo divino que me de la sabiduría necesaria y la fuerza para soportar cada una de los inconvenientes que se presenten de aquí en adelante.

Doy gracias a Dios cuando siento que he olvidado lo mucho que me ha dado y, aunque no soy religiosa prácticamente  “trato” de hacer las cosas de tal manera que no le haga daño a nadie, “mea culpa” si aún cometo errores. Día con día descubro que ya nada será como antes;  la comida ya no es igual, mi rutina cambió notablemente y mi corazón ha empezado a endurecerse con el aire fresco que se respira en el ambiente. De las muchas expectativas que tenía, quedan unas pocas que aún conservo  y espero  poder realizar en un futuro no muy lejano.

 Si algo tengo claro es  que no regresaría  a un país  en donde la  violencia llega a extremos inimaginables. Tengo un nivel de patriotismo diferente a muchos de mis “compatriotas”, pero hay algo a lo que le debo toda mi lealtad y fidelidad. Se trata del  amor que le tengo a mi familia y a mis amigos, a esos que crecieron conmigo y vieron mi esencia; a esos que con risas me hacían olvidar la tristeza; a esos con los que pasé lindos momentos y hacen que mi  corazón vibre con sólo escucharlos al otro lado de la línea; esos que me preguntan si soy feliz y no se limitan a ver las fotografías; a esos que pese a la distancia siguen estando cerca de mí; a esos que me conocieron en todos los estados posibles y sin embargo me aceptaron como soy. A todos ellos  les debo mi fidelidad y lealtad incondicional por siempre estar ahí, aún sin estar conmigo.

  Hoy, conduciendo mi bicicleta rodeada de la brisa del otoño, mientras observo cómo  los colores más bonitos se posan en las copas de los árboles y escucho el crujir  de las hojas secas caídas, siento que no he perdido nada en realidad, que he ganado más de lo que imaginaba y, que ese Dios al que le agradezco por darme todo lo que tengo y tristemente algunas veces dejo en el olvido, me ha dado la oportunidad de ver cosas que muchas personas quisieran ver.  Me dio la oportunidad de ver la ciudad pintada de colores, negros, blancos y mestizos que me acompañan diariamente en lo que ahora es mi rutina; me dio también la   oportunidad de compartir con  culturas de las que solo conocía por libros y ahora están más cerca de mí; así como la oportunidad de ver el cambiar de estaciones y ser testigo de  la transformación de la naturaleza y la sociedad  junto con ellas (los atuendos, las actividades, las conversaciones).

Tengo la gran oportunidad de darle a mi hijo la posibilidad de vivir tranquilo y cuando veo su carita risueña tras una tarde de actividad futbolística, me siento simplemente feliz.  Me siento orgullosa de lo que tengo, de aquellos con los que comparto  mi vida todos los días y me siento orgullosa de lo que soy: una analfabeta social dentro de la sociedad holandesa, pero una experta en el arte de amar y entregar amor a quienes se sienten complacidos con mi presencia.

 Escrito por Clarita Godoy.

 

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